Siempre tuve un trabajo estable. Y eso, que suena bien, fue la trampa: la nómina llegaba igual hiciera lo mío o no, así que nunca sentí la urgencia de hacerlo. La seguridad era, sin darme cuenta, el permiso para no avanzar.
Hacía las cosas a cachos. Un curso comprado, luego otro, luego un tercero sin haber terminado los dos primeros. Mientras decía «no tengo tiempo» me vi una serie entera de ocho temporadas. Cada tarde, la misma escena: yo en el sofá con el móvil, y mis hijos mirando lo que hacía su padre cuando nadie le obligaba a nada.
Lo que cambió a los 40 no fue un método ni una aplicación. Fue una frase que se me quedó pegada: «puede que sea mi última oportunidad». Ese miedo a llegar tarde es lo que me sentó a hacerlo. Y por eso esta vez no lo hago a escondidas: lo hago en público, con los números delante, para no poder volver a dejarlo en el cajón.